viernes, 25 de abril de 2008

El escepticismo también salva

Cuestionándome lo que hay de cierto en las obras de algunos autores contemporaneos que tratan temas sobre espiritualidad me he encontrado con un artículo que creo muy interesante. este se resume en este parrafo:

“La idea no es decir no creas”.“Creer es un derecho y un privilegio. La idea es informar sobre lo que no es científico. A la gente le gusta creer en ciertas cosas, es maravilloso pensar que pueden ser ciertas. Pero cuando descubres la verdad científica, cuando te encuentras con que el hombre con la ciencia ha podido hasta descifrar el genoma humano, eso es aun mejor, es la maravillosa verdad de la ciencia”.

Acusados de dogmáticos y faltos de fe, apuestan todo a los métodos de la ciencia y la racionalidad. Para ellos la credulidad absoluta, el pensamiento mágico y las tendencias de la nueva era no son tan inocentes y benefactoras como se pretende.

Oscar Medina Leal

Creer o no creer, en el caso de esta gente no se plantea como dilema posible. Se trata, más bien, de hacerse otras preguntas, otras exigencias: ¿existen pruebas fiables?, ¿es demostrable? ¿hay un estudio científico detrás de eso? Si todas las respuestas son negativas, arrugarán el ceño y darán media vuelta. Pero si el caso, el fenómeno o el arranque de credulidad pudiera traducirse en problema de riesgo público, seguramente afilarán sus lápices o alzarán la voz para dar la alerta y concentrarán su empeño en desmontar cualquier parapeto para llegar a la verdad.

Escépticos, se les llama. O, mejor, racionales escépticos. Y no se ocupan sólo de asuntos evidentes como los platos voladores y los hombrecitos verdes. También se hacen cargo de otras leyendas. Han puesto en duda, por ejemplo, esa que dice que un gurú financiero de Wall Street realmente conoce más que cualquier mortal cómo invertir el dinero. Sami Rozembaun, urbanista y comunicador social, miembro de la Asociación Racional Escéptica de Venezuela (AREV), explicó el estudio basado en la estadística: “Demostró que el mercado es caótico y que no se le puede predecir. Que es caótico porque es psicológico, porque se basa en la confianza. En su grupo de control intervinieron una niña de cinco años, un astrólogo y un analista de Wall Street. A la niña le fue mejor que al analista: invirtió en Mc Donald’s y en otras cosas que le eran familiares. Al astrólogo le fue peor que a todos”.

Rozembaun esgrime otro ejemplo: “Se han hecho investigaciones sobre las técnicas de recuperación de memoria que han demostrado que muchos casos en que se han aplicado en situaciones de niños que fueron supuestamente abusados, en realidad lo que ha habido es inducción de recuerdos. Es decir, que quienes aplicaban esas técnicas estaban tan convencidos de que en efecto el niño había sido víctima de abuso, que a través de hipnosis crearon ese recuerdo en la memoria del menor”. Y el mismo principio es válido ante casos de supuestas abducciones extraterrestres.

¿Descreídos en cambote?

No son sólo tres o cuatro dogmáticos discípulos de la razón. Detrás de esto se encuentra el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones sobre lo Paranormal (Csicop, son sus siglas en inglés), una organización sin fines de lucro fundada en 1976 por científicos, educadores e investigadores de las ciencias como Carl Sagan, Isaac Asimov, Philip Klass, James Randi; y que está presidida en la actualidad por Paul Kurtz, profesor emérito de filosofía en la Universidad del estado de Nueva York.

El Csicop maneja además la editorial Prometheus Books que cada año publica cerca de un centenar de títulos de divulgación científica y edita, igualmente, la revista bimestral Skeptical Inquirer -entre otras- cuya circulación -según Kurtz- alcanza los 50 mil ejemplares.

De los marcianos a la salud

“Los próximos 25 años” se llamó el pasado evento mundial de escépticos racionales en el que Venezuela tuvo representación por vez primera. Se trató de reunir a los líderes del movimiento para intentar mirar lo que viene y cómo encararlo. Hubo también espacio para exponer casos: “Se dio una ponencia sobre leyendas urbanas, que fue algo como una sesión de relax. Se habló especialmente de los supuestos casos de cocodrilos en las cloacas, en las tuberías, que es una leyenda vieja que siempre vuelve. También, por supuesto, del World Trade Center, del famoso humo de las torres, del ovni, de las teorías de que todo fue una conspiración de la CIA y esas historias de gente que planearon hasta caer sanas y salvas. También de esos mensajes de descrédito que lanzan en la red acerca de la peligrosidad de algún producto y que generalmente son campañas entre competidores”.

La Asociación Racional Escéptica de Venezuela vendría a ser una suerte de capítulo criollo de este notable movimiento. Al estudiante de biología merideño Guido Núñez -en el núcleo activo están también el biólogo Ricardo Babarro y el médico Javier Garrido- le deben los escépticos del patio el nacimiento -hace menos de un año- de la AREV; una iniciativa modesta en su estructura: una lista de correos, envío de artículos a los medios y Lúcido, un boletín on line. Pero ambiciosa en su planteamiento: “Este es un movimiento humanista, que cree en el ser humano”, ensayó Rozenbaum: “Nos centramos en la confianza en que el ser humano puede superarse a través de la ciencia y la razón. Como plantea Carl Sagan, el desconocimiento de la ciencia es un peligro para la libertad y la democracia porque el público puede ser manipulado por extremistas políticos o líderes pseudoreligiosos. El conocimiento no es sólo saber química y física. En la base del conocimiento científico está el sentido crítico”. Babarro completa la idea: “Nuestra filosofía es la difusión del conocimiento científico, del pensamiento crítico. Educar al público para que no se deje manipular. Eso es tan grave que en países tan desarrollados como Estados Unidos, las preconcepciones pseudocientíficas imponen sus criterios, como esos grupos religiosos que rechazan las vacunas y las transfusiones de sangre y que persiguen lograr políticas públicas basadas en esos prejuicios”.

En la conferencia -realizada en California- Charles Wynn, profesor de Química en la Eastern Connecticut State University encaró el problema de la credulidad de sus alumnos ante el tema ovni y otras cosas. El punto era probar que la información seria acerca de estos temas efectivamente propicia respuestas racionales. Luego de unas charlas hizo una encuesta entre los estudiantes y se encontró con que la creencia en ovnis había bajado de 29% a 7%; que quienes creían que existe una conspiración oficial para ocultar a los ovnis pasaron de 43% a 0%; que quienes manifestaban creer en psíquicos y predicciones del futuro pasaron de 64% a 14% y los que afirmaban que la telepatía existe pasaron de 71% a 7%. Sólo la representación de 7% continuó creyendo en que las historias de abducciones extraterrestres son ciertas.

Rozembaun recordó algo relacionado: “Hubo una investigación en una universidad de Estados Unidos que reveló que una cantidad significativa de estudiantes no eran capaces de discernir si lo que pasaban en la serie Expedientes Secretos X era verdad o mentira”.

“El movimiento empezó hablando de ovnis, fantasmas y cosas así, pero ha evolucionado a temas de mayor alcance”, advirtió Rozembaun. La ecología, por ejemplo. “Hay mitos que sirven para que mucha gente viva de eso. Apelan al sentimiento de culpa de las empresas y a las mismas corporaciones les sirve para ahorrar impuestos. Es como una versión moderna de la indulgencia papal”, advirtió Ricardo Babarro: “La mayoría de las proyecciones alarmantes sobre el medio ambiente tienen una explicación económica. Son formas de mantener presupuestos. El gran logro de la ecología es que la gente se diera cuenta de que la Tierra y sus recursos no son infinitos, pero esas luchas de ecologistas están muchas veces basadas en concepciones erróneas, mal intencionadas o falsas”. El resultado de esto, ya se ha visto, son reacciones histéricas ante temas como los alimentos transgénicos y la clonación.

Hay un caso todavía fresco por estas tierras. En Mérida, para ser exactos, donde se estuvo aplicando la ingeniería genética en el cultivo de lechosas con resultados bastante prometedores: “Un grupo de ecolocos, liderados por un señor que se hace llamar Keshava Bhat, se dieron a la tarea de armar escándalo afirmando que las lechosas iban a tener genes de ratas y que iban a causar peste bubónica”, recordó Rozembaun: “Presionaron tanto que lograron detener el proyecto legalmente, pero antes de eso quemaron ellos mismos los cultivos; como la secta de los luditas que en el siglo XVIII destruían las máquinas creyendo que con eso lograrían acabar con la revolución industrial”.

La gente de la AREV se ha cazado en el plano mediático una feroz contienda con los comercializadores de los llamados Adaptógenos. Artículos publicados en El Universal y El Nacional han dejado clara constancia de la advertencia (y de la propia pelea): no hay ninguna evidencia científica seria y comprobable que demuestre los famosos poderes curativos de la pretendida “medicina adaptógena”. José Olalde, el padre de la criatura, ha enunciado una y otra vez lo que considera pruebas suficientes en sus campañas promocionales y en sus respuestas a la AREV. Pero hasta ahora, insisten los escépticos, ninguna avalada por parámetros científicos.

Razono primero, creo después

James Randi, un célebre mago escéptico experto en desenmascarar farsantes, ideó una singular manera de demostrar cómo se monta la farsa de un curandero. El caso, recogido por Carl Sagan en el libro El mundo y sus demonios, es una brutal bofetada a la credulidad de la masa y de los propios medios de comunicación. Precedido de una insistente campaña de prensa arribó a Sydney un santón de la nueva era llamado Carlos que anunciaba poderes curativos a través del uso de “cristales de la Atlántida” y de su milenaria sabiduría alcanzada tras múltiples reencarnaciones.

El revuelo en Australia fue total. Buena parte de los periódicos y televisoras concedieron sustanciosa cobertura al “maestro” Carlos y nadie puso en duda la veracidad de sus planteamientos. Incluso, hubo gente que efectivamente dijo haber sanado de ciertas dolencias gracias al mero contacto con Carlos. Llegado el momento, se reveló el engaño: todo había sido concebido y orquestado por James Randi y el programa de televisión Sixty Minutes. El “maestro” Carlos no era más que un joven escultor preparado por Randi para representar el papel. Y fue tan convincente que aun después de revelar el impecable entramado, hubo quien insistió en profesar su fe al ficticio curandero: “...demostraron lo poco que cuesta desnaturalizar nuestras creencias, lo dispuestos que estamos a dejarnos llevar, lo fácil que es engañar al público cuando la gente se encuentra sola y anhela creer en algo”, apuntó Sagan en su texto.

Otro caso documentado por Sagan se refiere a los famosos crop circles, esas figuras aparecidas en el campo a las que se atribuye autoría extraterrestre. Doug Bower y Dave Chorley, dos amigos de Southampton, Gran Bretaña, idearon -entre cerveza y cerveza- una broma magistral a partir de la creciente credulidad en las historias de ovnis. Se dedicaron a hacer formas en los sembradíos de trigo aplanando la vegetación con pesadas placas de acero y posteriormente con otros sistemas a medida que el diseño de las formas se hizo más elaborado.

Progresivamente se fue propagando la noticia de esas apariciones misteriosas y algunos científicos se apresuraron a concluir que aquello no tenía origen humano. Luego de 15 años de broma sostenida -y tras la aparición de imitadores en otros lugares del globo- Bower y Chorley -ya con sesenta años de edad- hicieron una demostración pública de cómo hacían las figuras más complicadas y contaron la historia de su notable tomadura de pelo. Sus testimonios, bien sustentados según Sagan, no tuvieron suficiente eco: la gente prefirió seguir creyendo en el mito, en la esperanza del mensaje extraterrestre.

Vistos de manera superficial quizás estos casos parezcan meras anécdotas de situaciones inofensivas. Total, qué mal hace creer un poco. Pero una aproximación más seria, con mayor sentido crítico, permitiría ver los riesgos: por ese camino vienen las sectas suicidas, las grandes estafas colectivas, la ceguera ante el mesianismo mercantilista, la negación de los avances científicos, el rechazo a la verdadera medicina, en fin, las tragedias de la ignorancia.

“La idea no es decir no creas”, aclaró Rozenbaum: “Creer es un derecho y un privilegio. La idea es informar sobre lo que no es científico. A la gente le gusta creer en ciertas cosas, es maravilloso pensar que pueden ser ciertas. Pero cuando descubres la verdad científica, cuando te encuentras con que el hombre con la ciencia ha podido hasta descifrar el genoma humano, eso es aun mejor, es la maravillosa verdad de la ciencia”.

Para profundizar en el tema visitar el site de la AREV: www.geocities.com/escepticosvenezuela/


Artículo publicado en la Revista Sala de Espera N° 6 http://www.saladeespera.com.ve

1 comentario:

Anónimo dijo...

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